
Decía Don Luis del Sol que «el que me ha ganado ha tenido que correr, andando no me vas a ganar«. Una frase que con el paso del tiempo se ha ido convirtiendo en un lema para el Real Betis. Sin embargo, la dura eliminación copera de ayer por 5-1 ante el Barça poco tiene que ver con esa premisa. Tras la Copa alzada en 2022, los verdiblancos han ido perdiendo progresivamente ese gen competitivo en torneos cortos. En el del KO ya se vio esa falta de intensidad ayer, ante Osasuna o Alavés. También en Europa se pueden rescatar varios ejemplos. Y es un déficit que se ha visto en demasiados partidos esta temporada. No hay que hacerse trampas al solitario; el equipo no está bien.
Hay varias opiniones en las últimas horas que apuntan al palco. La situación económica del club no es la ideal, aunque bien es cierto que la austeridad que se vive con tal de no repetir errores pasados está mermando la capacidad deportiva del equipo. No se ha logrado ese equilibrio. La venta de piezas claves y el fichaje de jugadores a los que la titularidad quizás le queda grande va deteriorando el nivel medio del plantel. Es cierto que para fichar bien no hace falta derrochar, pero sí acertar. Y ya han salido Rui Silva y Assane Diao sin que lleguen refuerzos (no fichajes). Se echan en falta actos que demuestren que el proyecto sigue vivo. Institucional, económica y deportivamente.
El entrenador también tiene su cuota de culpa. Una parte importante, de hecho. Que el suelo de Pellegrini sea el techo de muchos de sus predecesores no exime al chileno de su grado de responsabilidad en la inercia negativa que atraviesa el equipo. Puede que los mimbres que tiene este año no sean los mismos que los de temporadas pasadas, pero también es cierto que es la campaña en la que al Ingeniero más le está costando acertar. La imagen en Europa es en buena medida consecuencia de un mensaje conformista. Y el protagonismo de una cantera que va como un tiro se reduce a Mateo Flores y Jesús Rodríguez, pese al bajo nivel en varias posiciones del primer equipo. La situación actual también exige corregir errores por parte del entrenador.
Finalmente, son los jugadores los que saltan a jugar. Y no son demasiados los que estén llegando a la altura de las expectativas. La falta de liderazgo en el vestuario desde la salida de varios pesos pesados en el último año y medio está haciendo mella. Fichajes con cartel que no son ni la sombra de lo que algún día fueron. Jugadores cuyas prestaciones son irregulares o incluso insuficientes para lo que aspira este club. Una inercia negativa que parece contagiar a los que mejor rinden y no al revés. Las premisas «autocrítica» y «seguir trabajando» se han escuchado decenas de veces. Pero sobre el césped no hay atisbo de lo que se dice de cara a la galería.
Volviendo al partido de ayer, no cabe duda que era una difícil papeleta. Las pocas opciones que el Real Betis tenía ante un FC Barcelona pasaban por una actitud digna y doblegar en intensidad al rival. Como ya hizo el Valladolid cuando los verdiblancos en teoría sí que eran superiores. O el Valencia, o el Mláda. Se puede perder, pero hay formas y formas. Ayer el bético, más allá de cuál fuese el resultado, solamente exigía competir. Pero en Montjuïc no hubo ni rastro de ese primer paso para lograr la gesta. Cuando las cabezas de los once futbolistas se agacharon ante el primer golpe, el aficionado verdiblanco ya intuía lo que estaba por suceder.
En todos los estamentos de la entidad recae una parte de responsabilidad de la situación actual. Unos más, otros menos. Eso sí, es necesario un cambio de chip. A todos los niveles. El Betis aún está a tiempo de reconducir el rumbo en las dos competiciones que sigue vivo. Pero para ello hay que hablar menos y hacer más. Dar un golpe sobre la mesa y demostrar que el momento es duro para todos. No basta con discursos llenos de palabras vacías. Hacen falta apuestas ambiciosas desde arriba, mano de entrenador en cada partido y jugadores que, sean quienes sean, salten al césped tomando conciencia de la camiseta que están defendiendo.
